La aventura de la vida | Angel Morales

Cuando alcanzas los cuarenta años comienza una nueva etapa en tu vida que se basa en consolidar y mejorar los logros del camino andado, de recoger la cosecha de la siembra de los años anteriores. Difícilmente se te pasa por la cabeza que en esta línea invisible de tu existencia los acontecimientos te obligarán a tomar una gran decisión, con la misma energía de un jovenzuelo y con la misma sabiduría de un anciano. Esa decisión me tocó tomarla a mi con cuarenta años exactos: continuar por el camino trazado en mi juventud o desandar el camino recorrido y empezar de nuevo.

«Cuando alcanzas los cuarenta años comienza una nueva etapa en tu vida que se basa en consolidar y mejorar los logros del camino andado, de recoger la cosecha de la siembra de los años anteriores.»

Febrero de 2007: el cielo se me cayó encima. Puedo asegurar que ahora entiendo a los valientes galos de aquella irreductible aldea que sólo temían que el cielo se les cayera encima de sus cabezas. Por una casualidad, por esas cosas que pasan sin uno programarlas, me diagnostican una especie de desarreglo o desorden metabólico generalizado, que se traducía en los típicos males de nuestra civilización: hipercolesteremia, triglicéridos, esteatosis hepática severa, hiperglucemia, obesidad, diabetes mellitus y unos cuantos hiper más en la lista.

Al principio te quedas en blanco, no asimilas bien el nuevo escenario en el que se va a desarrollar tu vida. Pasas unos días, perdido como un alma sonámbula en el purgatorio de las preguntas, de los miedos y de las dudas. Y pasan los días y siento la tentación de saber para comprender y comienza la carrera por descubrir que me ocurre, por devorar artículos, por leer libros, por preguntar a los amigos y por bucear en internet cuando la mayoría de los mortales duermen tranquilamente.
Y según mi ignorancia menguaba, según conocía mejor y dimensionaba mejor mi situación, el cielo oscuro se acercaba más y más a mi cabeza, con la mala intención de desplomarse sobre mi. Fueron muchos días de nervios, de angustia y sobre todo, de miedo. De mucho miedo, porque fue entonces cuando descubrí que ahora me tocaba bajar de la cúspide de la pirámide, que el segundo tramo de mi vida entraba en una caída en picado. Por más que lo intentara evitar, a mi mente asaltaban imágenes de jeringuillas de insulina, de sesiones de diálisis.
«Me diagnosticaron una especie de desarreglo o desorden metabólico generalizado, que se traducía en los típicos males de nuestra civilización…» «…pasan los días y siento la tentación de saber para comprender y comienza la carrera por descubrir qué me ocurre…»
Y en este punto llegó lo que yo en aquel momento creí la gran decisión de mi vida. Estaba en una encrucijada: o dejarme vencer por el diagnóstico (atiborrarme a pastillas, dar por perdido todo, etc.) o plantarle cara al diagnóstico con la suficiente fuerza y con la suficiente sabiduría. Opté por la segunda vía, le declaré la guerra a la diabetes y a todos sus aliados. Mi objetivo era mantener una guerra de por vida, con la finalidad de no vencerla a ella (pues todo lo que hasta entonces había leído decía que era invencible), sino que ella no me venciera a mi. Y así decidí comer en tiempo y forma (hasta entonces yo comía dos veces al día y seguía unas pautas alimenticias similares a las de un león: pegarme una zampada y permanecer muchas horas, 10 ó más, sin probar bocado, hacer ejercicio (hasta entonces con 27 kilos de más el ejercicio más prolongado que hacía era bajar al garaje), seguir prusianamente con la medicación y por último gestionar mi estrés (iba como una moto cogiendo las curvas a 300Km/h).
Y comenzó la batalla, día a día, una batalla de una guerra interminable. Estaba obligado a ello. ¡Qué fácil es decir que hay que comer cinco veces al día! ¡qué fácil decir que hay que comer productos frescos y que hay que renunciar al fastfood y comidas precocinadas! ¡que fácil resulta decir que hay que practicar deporte una hora al día! ¡que fácil decir tantas cosas!…pero yo hacía cuentas con el reloj delante de mi. El día tiene 24 horas. Y mis 24 horas se llenaron de obligaciones para poder continuar con la guerra: 8 horas para dormir +1 hora para hacer deporte + 8 horas para trabajar +1 horas para recoger a mis hijos +2 horas haciendo de comer y tareas en la cocina +1 hora para…
«¡Qué fácil es decir que hay que comer cinco veces al día! ¡qué fácil decir que hay que comer productos frescos y que hay que renunciar al fastfood y comidas precocinadas! ¡que fácil resulta decir que hay que practicar deporte una hora al día! ¡que fácil decir tantas cosas!»
A pesar de todo, parecía que la batalla se estaba inclinando a mi favor. Los controles en el Centro de Salud hasta ese momento indicaban que podía ir en buen camino. Y un día, pocos días después del nacimiento de mi hija, un amigo me llama y me propone un estudio energético. Otra forma de buscar y diagnosticar los problemas de salud. Siendo una invitación de mi amigo José Ángel González y estando en estado de guerra acepté, pues todas las armas son buenas y necesarias. Así, una tarde, entre meridianos energéticos y lucecitas verdes y naranjas de un aparato que recuerda al cuenta revoluciones de un coche, Leo Franek me hizo un auténtico plano de batalla, similar a Waterloo o Stalingrado, una serie de flechas rojas, líneas que se cruzan, subrayados sobre todos mis órganos vitales describían mi estado energético, mi estado de salud. Leo lo definió en su momento como una bomba de relojería. Problemas con mi forma de asimilar las proteínas repercutían directamente en el riñón, su mal funcionamiento repercutía a su vez en mi corazón y así, como las fichas de dominó que se desploman en hilera, iba nombrando mis órganos vitales, llegando finalmente al páncreas y al hígado. Todo ello aderezado, lógicamente, con un estado anímico poco deseable.
Lo curioso de todo esto, de aquella primera sesión, es que yo no abrí la boca en aquella hora de aquella tarde junto al Parque García Sanabria. Leo iba desgranando cada cosa, el medidor pasaba de una mano a otra, de un pie a otro, Renol combinaba con Korolen; Korolen con Fitomineral y así unos con otros iban revelando mi estado de salud. Y yo no dije nada. Nada. Sólo al final le comenté que tenía diabetes. Y él me dice que no me preocupe por mi páncreas, que mi problema de salud nace en mi riñón y en mi corazón.
En el trasfondo de todo, tanto las múltiples pruebas que me hicieron en mi Centro de Salud, como los resultados del estudio energético de Leo, coincidían más o menos en el estado general de la cuestión: mi cuerpo estaba desequilibrado. Múltiples factores se combinaban para dibujar en mi interior un cuadro complejo. En ambos casos se me avisaba de consecuencias muy desagradables para mi salud, para mi calidad de vida e incluso para mi propia vida. Pero había dos diferencias importantes. Mientras la medicina convencional necesitaba de una serie de pruebas de laboratorio, electro-cardiogramas, ecografías, etc. para llegar a un diagnóstico; Leo, en menos de una hora, me hizo un estudio energético. La otra diferencia, quizá la más importante, es que la medicina convencional me hace un diagnóstico de la punta del iceberg, te dice el estado actual y hace una proyección de las consecuencias. Leo sin embargo, va directamente a las causas, al origen de mi desequilibrio energético y cómo éste repercute en mi salud. Digamos que se metió bajo el nivel de flotación del iceberg y escudriñó su panza.
Los resultados desde entonces empezaron a notarse. Mi peso descendía, mis controles de glucemia mejoraban y mi estado anímico iba pasado de la angustia y el miedo al optimismo y al orgullo. Los resultados coincidían. Tanto las pruebas de laboratorio como los siguientes chequeos que Leo me practicó en un período de unos seis meses coincidían: yo estaba mejorando. Aquel primer control que dibujó la batalla de Stalingrado con flechas y círculos rojos sobre mis órganos vitales fue dando paso a alguna anotación aquí y allá. Los resultados de las distintas analíticas ponían en su lugar al colesterol, a la glicocilada o a las transaminasas. Incluso el propio Leo aventuró a decirme que por noviembre, probablemente, mi médico de cabecera revisaría mi medicación. Y así fue, mi médico de cabecera revisó mi medicación. Y como siempre, yo sin decir nada. Nada.
«La medicina convencional me hace un diagnóstico de la punta del iceberg, te dice el estado actual y hace una proyección de las consecuencias. Leo sin embargo, va directamente a las causas, al origen de mi desequilibrio energético y cómo éste repercute en mi salud.»

Mi tratamiento siguiendo las indicaciones de Leo comenzó en abril de 2007 y concluyó en abril de 2008. Los resultados positivos se observaron ya en septiembre. En noviembre prácticamente se podía dar por definitiva la intervención. Ya en enero los resultados eran espléndidos y el último, en abril, no dejó ni la más mínima anotación en rojo sobre mis órganos vitales. Digamos que obtuve la absolución. Este mismo abril, poco días después, en consulta con mi médico de cabecera observo como, con cautela, dice no explicarse la increíble evolución de mi estado de salud. Esperando a junio, a una nueva analítica, creo que también la medicina convencional podría darme la absolución.

Pero la gran decisión de mi vida, esa que se toma a los cuarenta años, no fue plantarle cara a mi enfermedad. No ha sido la disciplina férrea que aplico a mis hábitos alimenticios, practicar regularmente deporte o haber apostado por Energy. Aunque todo esto que he contado y que practico bien pudiera entenderse como una gran y sabia decisión. Incluso como un ejemplo a seguir.
 “¿Cuánto te quieres?” “¿A cuánto estarías dispuesto a renunciar por ti?”. Dos preguntas muy fáciles de formular, muy difíciles de responder. Así abrió mi amigo José Ángel una sesión de kinesiología que me practicó poco después de mi primer estudio energético. Intentar responder a estas dos preguntas ha sido mi gran decisión de la vida en esta segunda mitad. Nunca antes me había planteado cuánto me quería o cuánto me respetaba. Ni siquiera me había preguntado alguna vez si me quería.
A la primera pregunta sobre cuánto me quiero supongo que la respuesta es TODO. Me quiero todo. A la segunda pregunta, a cuánto estoy dispuesto a renunciar, supongo que la respuesta es a NADA. No puedo renunciar a mi vida, a mi familia, a mi gente, a lo que tengo y a lo que no tengo. Pues todo eso soy yo, y no puedo renunciar a mi. No hay día que pase, desde que me formularon ambas preguntas, que no intente encontrar un significado, un nuevo matiz a las respuestas. Creo que la respuesta era muy sencilla. Sólo era cuestión de reflexionar y de escucharse a uno mismo para llegar a esa conclusión.
 “¿Cuánto te quieres?” “¿A cuánto estarías dispuesto a renunciar por ti?”. Dos preguntas muy fáciles de formular, muy difíciles de responder.
Así es como tomé mi decisión que me ha llevado a desandar el camino y a empezar de nuevo. Vuelvo a aprender a hacer camino en la aventura de la vida. Ahora no hago las cosas por que las tengo que hacer…ahora hago las cosas porque las quiero hacer. Cuido mi alimentación no porque tengo diabetes y tengo que hacerlo, sino porque me gusta comer bien. Hago ejercicio no porque tengo que hacerlo, sino porque me quiero y busco un ratito al día para quererme haciéndome unos kilómetros y una serie de abdominales. Ahora lo hago porque quiero, porque me quiero.
Este enfoque de la vida cambia por completo cualquier aventura que emprendas. No se si este enfoque de entender la vida es el responsable de que me sienta bien conmigo mismo y que mi estado de salud mejore considerablemente. No se si son el Centro de Salud o la Medicina Energética los responsables de ello. Quizá todos tengan responsabilidad.
Pero a estas alturas de mi vida, mi objetivo ya no es mantener controlada mi enfermedad. Ahora mi objetivo es erradicar la enfermedad (ya se que cualquier lector podrá pensar que estoy en un punto de inflexión superpositivo que me hace delirar de euforia). Mi fin último es disfrutar de la aventura de la vida. Tengo, como mínimo, otros cuarenta años para aprender a disfrutar. Gracias.
Angel Morales, La Laguna, Tenerife

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